| Reseña Cuando aún era estudiante, Mauricio Pesutic trabajaba con la Vicaría de la Solidaridad, donde había un taller de payasos cesantes, a quienes asesoraba en las rutinas, material que sirvió de base para escribir "Los payasos de la esperanza".
Convertido en un clásico del teatro local, se presentaba indistintamente en teatros, gimnasios, iglesias, estadios y organizaciones vecinales, tanto en Chile como en el extranjero. Fue vista por el público de quince países.
La modalidad de trabajo en talleres de investigación teatral, aplicada con gran éxito por Raúl Osorio tanto en este caso como en "Tres Marías y una Rosa", está enraizada en la idea de la creación colectiva, en que cada uno de los miembros del equipo de trabajo aporta sus particulares talentos y visiones a la concreción de un montaje específico. El tipo de puesta en escena que este director privilegia en estas obras -nacidas a partir de la investigación teatral centrada en la actuación- permite que los espectadores alcancen momentos de gran goce y de genuina emoción.
En la obra vemos a dos payasos que, antes de buscar trabajos alternativos y mejor remunerados, prefieren matar sus horas de cesantía enseñando a un aprendiz el oficio de la risa.
La obra ha sido con frecuencia tildada de una variante chilena de "Esperando a Godot", en que los personajes se encuentran en una espera igualmente absurda. Acompañados sólo por la imagen de un Cristo a tamaño natural, dos payasos instalados en un reducto sindical aguardan que se concrete alguna oferta de trabajo. Sin embargo, el mayor valor de esta obra radica en haber sido capaz de ligar una temática candente a una forma poética de mostrarla, en la que, mediante actuaciones inolvidables, como la del fallecido Rodolfo Bravo, lo trágico se devela empleando un tipo entrañable de humor, muy identificable en nuestra tradición popular. |