Clase
Cía la reina de conchalí
 

 

Comentario de la obra
Por Luisa Ballentine

Afuera estalla la protesta más álgida del movimiento pingüino, mientras en la sala la única estudiante presente ensaya su disertación sobre Buda, envuelta en la filosofía de este personaje y sin darse por aludida ante los reclamos de sus compañeros. Es entonces cuando aparece el profesor recreando una figura abatida por el combate, ensangrentada y doliente.  

Esta interacción marca la propuesta de Clase, obra de Guillermo Calderón protagonizada por Francisca Lewin y Roberto Farías, quien otorga el alma a esta obra dotándola de un carácter honesto que busca alguna redención posible sin creer en ella.  

Casi como dos monólogos independientes, el montaje transita entre los descargos de uno y otro, donde este profesor enseña algo distinto de lo que dicen los libros, algo que no está escrito y que no parece ser posible dar a conocer. Hay que vivirlo, vivir esa desilusión y experimentar esa pérdida de fe que la alumna se empecina en traer de regreso.  

La actuación de ella es más calmada y contenida, haciendo creíble la posición de una alumna que sólo desea exponer su disertación. Por el contrario, para él esta clase poco convencional es una catarsis donde se expresan muchas cosas que están mal, pasando por la educación, las clases sociales, un país que se hunde lentamente; todo ello en una interpretación de calidad que ha sido alabada por numerosos críticos en lo que va de la temporada.  

Finalmente todo radica en los matices, en mostrar distintas gamas de sentimientos y modos de ser; en ayudarse mutuamente para poder entenderse.  

Es por ello que la Dirección: de actores sustenta el trabajo en su totalidad, pues la escenografía es mínima y los recursos técnicos sólo contribuyen a insertar al espectador en el ambiente de la protesta, ya no estudiantil, sino humana, donde hay espacio para mirar hacia adentro, permitirse nuevas oportunidades y creer que no todo está perdido.