20 de Julio 2009
David Benavente
Dramaturgo de Tres Marías y una Rosa.
 

“Ha habido una pugna no resuelta entre las partes del teatro, pero yo defiendo mi rol como dramaturgo”

David Benavente es uno de los autores más reconocidos dentro de la historia del Teatro Chileno. Aunque no es de los dramaturgos más prolíficos, su nombre aparece en nuestra literatura con grandes piezas dramáticas tales como "Tengo Ganas de Dejarme Barba" (1964), "Pedro, Juan y Diego" (1975), y "Tejado de Vidrio" (1981). Actualmente dice estar alejado del mundo del teatro y  le da dedicado más tiempo a la dirección del Centro EAC de la Universidad Alberto Hurtado y a su segunda pasión: el cine. Sin embargo este año, y gracias a la excusa del Bicentenario, David Benavente volvió a estar presente en las tablas con una excelente reposición que le tomo 30 años de la obra  "Tres Marías y Una Rosa".

Por Pamela López

 

Haciendo un racconto hace treinta años atrás ¿recuerdas cómo y en qué contexto se desarrolló el proceso escritural de Tres Marías y una Rosa?
No recuerdo exactamente cómo fue pero el hecho es que Raúl Osorio tenía, en ese entonces, un taller de investigación teatral orientado a actores en el cual iba investigando en distintas metodologías. En ese entonces estaban montaron una obra llamada Los Payasos de la Esperanza y después empezaron a  trabajar con el tema de las arpilleras. Sin embargo, llegó un momento en el cual esta creación no se transformaba en una obra de teatro o en una comedia dramática.

Deciden entonces ellos, como grupo, invitar a un dramaturgo para que trabajara en la estructuración de la escritura de una obra basada en el temática de las arpilleras y en algunos ejercicios que ellos habían hecho sobre estos personajes. Cada una de esas actrices: Soledad Alonso, Loreto Valenzuela, Myriam Palacios  eran parte de este proceso. Tanto a la Loreto como a la Soledad, yo las conocía porque eran alumnas mías en la Universidad Católica, Myriam venía de Concepción y después incorporaron a Luz Jiménez que también había estudiado Teatro en la Católica pero en ese momento estaba trabajando de secretaria en la Rectoría de la Universidad. Yo llegué a trabajar con ellos en determinado momento y al ver lo que tenían dije que bueno, me pareció interesante y un desafío.

 

O sea hubo algo de colectivo en el trabajo, las actrices cooperaron en la creación del texto…
Yo había escrito una obra antes así con el Teatro ICTUS, (Pedro, Juan y Diego) pero yo estoy en desacuerdo con el concepto de “creación colectiva” cuando hay un dramaturgo presente. Ahora bien, cuando no hay un dramaturgo, es distinto. El ICTUS,  y Nissim (Sharim) en ese caso, tenían un concepto opuesto al mío. Yo iba a colaborar porque ellos tampoco podían escribir una obra. Habían dos situaciones dónde se requería que un dramaturgo trabajara el texto lo que no quiere decir que no haya habido una colaboración. Así le llamo yo una “colaboración colectiva”. Lo importante aquí es que quedaron unos textos que pueden ser montados tiempo después, no es el caso de otras obras  que son creaciones colectivas y de las cuales no hay registro. Entonces yo defiendo mi rol como dramaturgo, como escritor porque al final de cuentas yo escribía y así llegamos muchas veces al acuerdo de la doble autoría.

¿Crees que hoy en día se le día más o menos importancia al rol del dramaturgo?
Yo creo que el rol del dramaturgo ha cambiado mucho porque los autores adquirieron también una autonomía frente al director y al autor. Sobretodo aquí en Chile ha sido una autonomía muy exagerada y creo que eso ha ido lesionando al teatro. Creo que en el teatro el dramaturgo es un oficio importante y reconocido, pero en algunos casos lo mezquinan mucho. En algunos casos si la obra no está bien escrita la obra falla. En otras épocas la hegemonía del teatro estaba dada por el actor que hacia el rol principal o el director, pero cuando se crean los teatros Universitarios, se dijo que era muy importante que existieran creadores nuevos, que no había una dramaturgia nacional sin dramaturgos. Se tendía a recurrir mucho a obras de otros lugares o a los dramaturgos de los años 20 o 30 pero Acevedo Hernández, Moock, Luco Cruchaga, esos son los nombres que uno recuerda.

Dentro de tu rol de dramaturgo: ¿eres muy celoso de los cambios o modificaciones que se le puedan hacer a tus textos? ¿cómo fue el trabajo con Raúl Osorio?
A estas alturas no soy celoso. Creo que en el caso de Tres Marías y una Rosa asistí a un par de ensayos. Raúl pensó que había que hacer unos cortes y yo ni siquiera tuve que ir porque Raúl hizo los mismos cortes que yo habría hecho. Los cortes son porque la obra era muy larga y tenía un cuadro, que es el cuadro anterior al final, que yo había notado hace mucho tiempo que estaba de más. Antes la gente iba al teatro con otro tiempo, había un intermedio por ejemplo, y también esa obra en el momento en el que se escribió tenía otro contexto histórico, por lo tanto ese pedazo de obra tenía un valor dramático que ya no correspondía.

Sin embargo al ver la obra uno se da cuenta que es igual de contingente hoy que hace treinta años atrás. ¿qué crees que le da esa contingencia?
Esa obra tiene un valor que va más allá de la contingencia de cuando se escribió. A mi no me interesaba ni el teatro contingente ni el teatro en términos políticos. Yo propuse hacer un teatro chileno, nacional, ojala popular. En ese contexto histórico las lamentaciones no podían venir de los intelectuales. Los que estaban realmente sufriendo eran las personas del mundo popular. Esta obra es vigente porque tiene otros valores que no sólo están relacionados con ese contexto histórico. Si bien tiene lecturas, hoy en día esas lecturas son otras como por ejemplo el tema de la mujer y sus derechos. La escena donde la visten de novia es una reivindicación, puesto que en esa época la mujer estaba realmente postergadísima en relación a cómo está ahora.  Es fue la única obra del teatro de esa época, que se le llamó crítico – alternativo, que tocaba el tema de la mujer sin ser feminista y tomo la arpillera como un fundamento simbólico y como una realidad. 

¿Por qué te encuentras hoy tan alejado del mundo del teatro? ¿No te dan ganas de volver a escribir?
Estoy alejado del teatro porque me aburrí un poco del teatro. Cuando llegó la televisión me di cuenta que el tiempo que la televisión deja es el que toma el teatro. Resulta que no hay ya demasiado tiempo para hacer las cosas, no hay una rotación a mi juicio ni del teatro ni del imaginario del teatro. En Chile, el teatro es muy inestable en cuanto a que un actor tiene que trabajar en otras cosas, hay un público mucho más variable, no sé, estoy diciendo las cosas que he escuchado también. Lo que sí sé, y si pienso, es que la creación de un Teatro Nacional, que no tiene que ser folclórico ni costumbrista, debe  tener sí una raíz nacional. Yo escribo del mundo popular porque constituye parte importante de nuestra matriz. No es algo político, pero hay algo en el mundo popular que es muy potente. Cuando ese tema desaparece del teatro o del cine, desaparece el la idea del teatro de raíz nacional. Por otro lado ha habido una pugna no resuelta entre las partes del teatro: el público, los actores, el director etc. hay que llegar a un acuerdo entre los roles, yo pienso que si me voy a meter a escribir no voy a querer actuar también. Esto no quiere decir que se vuelva a los estereotipos.

¿Qué es lo que te llena hoy en día entonces?
He estado dedicado a hacer una serie documental sobre el tema del aprendizaje. Son doce documentales educacionales que muestran experiencias de enseñanza. A eso le he puesto toda mi energía y he podido trabajar con un gran grupo creativo. Esta serie se dará en el Cana 13 cable a partir de agosto y es algo que me ha llenado muchísimo. La posibilidad de remontar esta obra de Tres Marías y una Rosa es algo que yo intenté hacer muchas veces porque era como una deuda. Esa obra ya no me pertenece a mí ni a nadie si no que es una obra del país. Esta es una obra patrimonial que es de todos los chilenos.